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Unir diferentes tribus no es una tarea fácil, o que se realice de manera automática. Ya sea que se trate de diferentes etnias, de grupos urbanos con características antagónicas o, como en este caso, distintos palos artísticos. El ser humano tiende a rodearse por lo conocido, por lo que le resulta fácil de comprender y de asimilar. No por una falta de complejidad, sino porque el reconocer cualidades propias en otros y en otras, nos acerca. Sin embargo este agruparse, este confort de lo conocido conlleva el riesgo de perder perspectiva, de no conocer (y por ende, no valorar) lo bueno, lo imaginativo, lo creativo que otras búsquedas artísticas tienen por ofrecer.

Muy posiblemente, esta haya sido la idea motorizadora detrás de los organizadores cuando decidieron darle impulso a este ciclo denominado La Noche de las Tribus. Y esa fue también la idea con la cual, junto a nuestro reportero gráfico que por motivos de esta crónica denominaremos El Ojo Que Todo Lo Ve, enfilamos nuestro rumbo al semi-renovado 990 Arte Club el viernes por la noche. Con las pupilas y los tímpanos abiertos a descubrir nuevas experiencias, y disfrutar de aquellas ya conocidas.

 

Al bajar la ya mítica rampa de ingreso, los ríspidos acordes generados por los Borderline nos impactaban de lleno. Dueños de un estilo que bien parece obedecer a la condición psicológica con la que comparten nombre, sus canciones obedecen a un patrón esquizofrénico que nos lleva de paseo por varias secciones rítmicas, la mayoría de ellos anclados en las raíces del hardcore, aunque sin dejar de lado riffs, cortes y punteos de los cuales podemos rastrear sus orígenes en el heavy metal más contundente de tradición noventosa. El cantante, mientras tanto, despliega su peculiar manera de narrar por sobre este áspero colchón sonoro. Por momentos baila como si lo que estuviera sonando fuera el más descaderante cuarteto Jimenero, en otros momentos se hace las trenzas, en otro exhibe y pisotea un chaleco identificado con siglas policiales (chaleco de esos refractantes, no teman por una posible fuga de chalecos antibalas).

Esta brutal sucesión de sonidos nos dejó un tanto aturdidos y, sobre todo, bastante sedientos. Luego de adquirir la promo de rigor, contemplamos con bastante nostalgia que ese lugar conocido por todos y todas genéricamente como “el pasaje”, ya no forma parte de la fisonomía de este 990 versión 2018. La opción para aquellos con vocación de chimenea será, entonces, transitar una y otra vez la ya mentada pasarela para arrojar sus correspondientes humos sobre la (hoy) desolada Bv. Los Andes.

 

Al volver de la breve excursión callejera nos encontramos con el comienzo del despliegue de habilidades lumínicas de Circósmico. Malabares, juggling y demás técnicas, todas vinculadas con el contraste entre luz y oscuridad formaron parte de su arsenal, incluyendo unas boleadoras luminosas digitales (a falta de un mejor nombre para denominarlas) con la cual se conseguían diferentes figuras al ser manipuladas, y que fueron la delicia para el hambriento lente de El Ojo Que Todo Lo Ve.

Llegó el turno para la segunda tribu desde lo musical, y fue nada más y nada menos que para nuestros amigos de Cuchillo y su Jushiiing sound. ¿Qué escribir sobre ellos que no hayamos puesto en palabras ya? -pueden encontrar sendas crónicas acá y acá-. Que a su cóctel con base metalera no paran de incorporarle otros ingredientes que no hacen más que expandir su sabor, como el funk, el reggae, el hip hop y el jazz. ¿El jazz? Sí, algo que a priori podría sonar totalmente descabellado, pero que podemos llegar a esperar de una banda cuyo cantante porta una remera de los no menos insólitos Screaming Headless Torsos. Podemos decir también que su baterista -conocido bajo el misterioso seudónimo de “el Chileno”- no sólo está ya completamente integrado sino que podemos ya decir que ha llegado para llevar la ambiciosa apuesta de los Cuchillo un poco más allá. Que las cuerdas manipuladas por su bajista parecen literalmente reproducirse de show a show (conté seis, pero por momentos parecían incluso ser más). Y que en lo que probablemente sea su actuación más lisérgica desde que me tocó verlos por primera vez, adelantaron temas de su segundo disco, mientras que todavía estamos esperando el primero.

 

Nuevo intervalo. La rampa de acceso al submundo artístico que compone 990 vuelve a soportar el trajinar de los ansiosos. Compadézcanse de esos ansiosos que, por ese afán de escapar momentáneamente el recinto no pudieron disfrutar -como sí lo hicieron quienes se quedaron- del Ana Pavlov y su Pole Dance. Pole Dance, para aquellos no advertidos, significa literalmente “baile del caño”, y su aparición le dio sentido al poste instalado en medio del escenario desde el comienzo mismo del festival. Un arte que es a la vez deporte, que requiere tanto de condición atlética como de sensualidad, que se expresa tanto en la verticalidad como en la horizontalidad. Y que dejó un tendal de mandíbulas que tuvieron que ser vueltas a izar desde el mismísimo suelo.

Mientras sonaba una vez más la música impulsada hacia los parlantes por DJ Dee en una muestra más de la cohesión inter-tribus, pues se alejaba de lo propuesto por cualquiera de las bandas y desechaba de esa manera cualquier atisbo de monotonía sonora, se preparaban sobre el escenario The Tiros, Tetas y Zombies. Formación musical que tiene como objetivo el sumergirse en las melodías que representan fielmente a películas y series que en mayor o menor medida todos y todas recordamos, implosionarlas sonoramente y, con los escombros y esquirlas restantes, construir algo que es a la vez nuevo pero que tiene el devastador potencial de la nostalgia. Así fue como, en complicidad con la pantalla de proyecciones, su set arrancó con el tema del ya mítico Sledge Hammer. Tema que empezó a hacer aflojar las patitas del suelo para que ya no volvieran a quedar fijas en el mismo lugar, llevadas de la mano de una musicalidad sólida pero con permiso para volar. Otros puntos altos de su show fue el mash-up entre las clásicas notas que remiten a Psicosis, y otro clásico de igual calibre: Psycho Killer de los Talking Heads. La novedad no sólo pasó por lo acertado de la combinación, sino por la cantante invitada para la ocasión que le puso voz y luz en una gran interpretación. Y el final, ya con los pies dibujando círculos en el suelo, con la interpretación de una que conocemos todos: el tema central de Pulp Fiction nos dejó más que claro, por lo menos, el por qué del Tiros en el nombre de la banda.

 

Con los oídos llenos, los pies cansados, y las imágenes todavía en nuestras retinas, decidimos comenzar sin más la ascensión hacia el mundo exterior. Un mundo que, ojalá, pueda tomar nota de ejemplos como éste. Y hacer que todas sean las noches de las tribus.

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