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Reseñas Negras

por El negro viglietti

CINE

Muere, Monstruo, Muere

La realidad es un concepto pocas veces cuestionado, especialmente porque llevamos un ritmo de vida que dista de la reflexión. La velocidad a la que nuestra atención salta de un lado a otro, de las responsabilidades a las posibilidades y de vuelta a las cuestiones más banales, no deja espacio a que le demos pelota a ese colchón de niebla que son las dudas, las suposiciones y, sobre todo, las pistas que nuestro entorno nos arroja como si fuesen pedruscos. ¿Ese ruido de afuera, en la noche? Nada, debe haber sido un gato. ¿Por qué me desperté solo en el medio de la noche? Debe ser algo que comí. ¿Este moretón que tengo en el brazo? Andá a saber con qué me golpee.

 

De repente, entra triunfante la ficción, una forma de retenernos del ajetreo diario y de aislarnos en una capsula donde todo, de repente, se vuelve posible. Y lo que nos roba la rutina y la ansiedad de vivir inmersos en un mundo descajetante se vuelve vapor ante lo que nos cuenten, siempre que esté bien contado; los marcianos que invaden la tierra pueden ser tan reales como el amor que el muchacho siente por esa otra persona, e inclusive el argumento más retorcido del recontraespionaje tiene sentido si lo colocamos en contra de una cabeza nuclear a punto de explotar. De todos los gajos de esa mandarina enorme que es la ficción, el terror es, quizás, el que más nos rompe la crisma contra los sentidos básicos y permanentes que reprimimos todos los días.

 

Hago toda esta introducción larga antes de empezar a hablar de ese peliculón que es Muere, Monstruo, Muere porque no sólo vale la pena hablar de ella, sino también del género con el que coquetea. A raíz de multiplicidad de comentarios que, seguramente, habrán leído o escuchado, que coronan al terror como un género boludón, pasatista, vacío de sentido o significado de fondo, inclusive siendo un diálogo con las estéticas y las temáticas más simplonas del universo. El terror en casi todas sus formas es infantilizado en el mejor de los casos por esa cosa nefasta que es el sentido común cuando, en realidad, viene a meternos de las crenchas en el barro al que no queremos entrar, especialmente porque lidia con cuestionamientos que resquebrajan la normalidad en la que nos encanta enmarcarnos. Hasta la película más banal, más plástica, más industrial de este generito cumple, por lo general, con un predicamento terrible; no estamos bajo el control de nuestro entorno, nuestra realidad o nuestra vida. Y eso es, como mínimo, desesperante.

Ahora bien, MMM es un punto pivotal para muchas de estas cosas que vengo diciendo, pero, aún más, para los interrogantes que plantea. Porque al no ser una película que podría clasificarse estrictamente como de terror tiende, inevitablemente, a arraigar en lugares que por momentos resultan desconcertantes y, en otros, intrínsicamente fundamentales. Remedios Varo tenía una máxima que bien podría aplicarse a esta película, a pesar de que ella la armaba para el surrealismo que contribuyó a desarrollar, “Genera y establece tu propio sistema de símbolos, aún si tú eres el único que los entiende”. En MMM algo de esto, de seguir un código que nos es insinuado y no revelado o explicitado en ningún momento, sigue, sobrevive, perdura a lo largo de la historia.

 

Porque la historia también es difícil de explicar sin caer en simplismos que no captan el todo. MMM puede ser una Monster Movie, sí, pero también puede ser un pasaje introspectivo de las relaciones que escapan a la normalidad, o una documentación con ciertas licencias sobre lo que es la vida para la gente que vive aislada de las urbes y la modernidad (si le podemos decir así) en general. En algo continúa la tradición de algunos autores que pueden venir a la cabeza cuando lo vemos; el viejo Quiroga y toda la escuela del cuento extraño de la que abreva (pero autores que le antecedieron y que se nutren del gótico también), los interrogantes más desprovistos de raíz en la metafísica desaforada de un Macedonio Fernández o el lugar un poco más costumbrista y menos desesperado de un Carlos Gardini en sus primeros años. Hay algún asunto pendiente entre la montaña y el escenario; es un protagonista más de todo este drama. Hay un aire que se recoge de este cuento-narración Pulp donde Lo Inesperado irrumpe en la normalidad para que ya nada vuelva a ser lo mismo. Y lo vemos en el planteo de una trama que, de nuevo, se nos puede antojar simple; el seguir con paciencia y parsimonia los andares de un grupo de policías andinos (con énfasis en Cruz, un hombre particular en todo sentido) cuando una serie de asesinatos de mujeres comienzan a avanzar, con aplomo, sobre la pequeña comunidad campesina a la que pertenecen. Lo rural aparece y desaparece todo el tiempo, dando a entender que nuestros compañeros de ruta están desamparados en más de un sentido. Pero la genialidad de MMM, a mi manera de verla, no está necesariamente en el uso Lyncheano de personajes terciarios que pueden o no estar incluidos dentro de lo que llamamos Realidad, mucho menos en las ganas de onirizar escenas donde la acción se desenrolla como la tanza de una caña de pescar que nadie mira. Lo que se nos insinúa es más que el pez gigantesco que está tratando de huir con la carnada; todo el tiempo está presente, a veces con mayor presencia y otras con menos, la sensación de lo ominoso.

 

Y ahí está, para mí, el enorme, gigantesco acierto de esta película, y el motivo por el que haya empezado esta reseña como lo hice; MMM tiene el mismo horror con el que todos nos encontramos alguna vez en nuestras vidas, el terror del patio delantero vacío en el medio de la noche, el cagazo de avanzar a oscuras por la casa viendo siluetas de cosas que no están ahí o, de nuevo, la perspectiva de que quizás no seamos los únicos durmiendo en esa habitación. Y no se trata exactamente porque MMM no sea explícita, que lo es y con creces. Tampoco es excepcional en la cuestión del orden de los hechos o cómo nos desmigaja las escenas para que vayamos avanzando de la mano de nuestros personajes. No, MMM construye una cosa valiosa desde el momento cero en cualquier película de terror y que se puede ver en perlitas del género como son El Resplandor o, viniendo más acá, The Witch o Hereditary. Y se trata de un clima y una atmósfera específicas. Casi como una fuga de gas, nos olemos que hay algo ahí, con nosotros, pero no sabemos bien de dónde viene la pérdida. Los personajes con los que nos cuentan la historia también lo saben y avanzamos con ellos, llenando de jabón las cañerías tratando de detectar la fuga antes de que alguien se prenda un pucho y vuele todo a la mierda.

 

Por lo pronto, y para largo, celebro que haya películas así de cualquier nacionalidad, aunque inevitablemente sienta un poquito más de felicidad viéndolos surgir de los lugares donde uno menos esperaría. Hacen falta, en estos tiempos de cachetazo y rapidez, donde existe más contenido del que jamás podremos consumir en nuestras vidas, películas que nos dejen preguntándonos cosas que creemos resueltas. Como, por ejemplo, ¿Y si realmente había alguien en el patio de adelante, esa noche?

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