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Debo tener quince o dieciséis años como mucho. Esta remera es la primera que me compré motu propio: salí de la típica de Zeppelin debajo del ala de mi viejo y me tiré por la estampa barata de The Number of the Beast. La calidad de la remera es un asco, y se me va a seguir rompiendo en jirones durante años: ahora ya tiene varios agujeros. Yo chocho: entonces mi ídolo es Rob Zombie y alabo a toda reminiscencia crota. Los que me trajeron acá son amigos de amigos, gente que escucha cosas “pesadas en serio”, y bajamos al sucucho Rosarino que es El Sótano al primero de tantos Festivales Extremos a los que voy a terminar yendo.

 

Flashforward a la realidad, quince kilos y años más adelante. Una de las cosas que le comento al compañero de ruta es que no tengo más remeras de bandas: debe hacer ocho años, por lo menos, que no me compro remeras. La única que encontré digna de Refugio Guernica y el show que venimos a ver es la de Sabbath, que nunca me deja a pata pero me quedó re chica. Mientras entramos, me digo a mí mismo que hay algunas cosas que nunca cambian. El “ambiente”, acá o en Rosario, está lleno de las mismas caras de siempre. La gente que labura como enanos todo el día para pagarse el recital y la birra. Los que se resignaron a una posición tranqui mientras ven cómo la panza les crece. Los pibes jóvenes, que se visten de pies a cabeza como si Dio fuese a cortarles la entrada.

Refugio Guernica, para quien no fue nunca, es un lugar relativamente pequeño: no sabría decir una capacidad máxima, pero creo que si digo que podemos entrar doscientas personas apretadas exagero. La barra despacha birra como si fuese una nave invasora que larga tropas que van directamente a conquistar nuestros hígados. El negro que nos rodea solamente está interrumpido por los ocasionales posters de fechas pasadas, pegatinas de bandas que pasaron y publicidades del lugar. Hay una que se nos va a pasar por delante a mi compañero y a mí, pero eso no importa ahora. Ahora hablamos mientras le paso la cámara para que saque fotos: que quisiéramos que un tercer compañero estuviera ahí, cagándose de gusto con nosotros, y que ojalá podamos repetir este tipo de fechas.

 

Flashback al Sótano en Rosario. Era un lugar muy parecido: bajabas por una escalera a donde se armaban las ollas de pogo, con sus respectivos gordos macizos a cada lado, y un escenario relativamente pequeño donde podía entrar demasiada gente. Pequeñas barandas contenían la cantidad absurda de gente que (como uno) necesitaban gritar de bronca y de terror a todo lo que pasaba en la calle. Vuelvo al día de hoy, mi compañero se está por ir a sacar fotos adelante del escenario: comentamos la música que pasa en el tiempo de espera, coincidimos que por el repertorio el sonidista debe ser de nuestra misma generación y aprovechamos para comentar la edad de los ucranianos. Viejo, que loco debe ser estar dando una gira por tantos países con tan pocos pirulos, ¿No?

 

Larga sin avisarse, apenas con un cambio leve de luces. La intimidad que genera ese clima ofuscado de gente que necesita escucharlos hace que esto parezca más un unplugged que un recital: faltan las velas de fondo y tener gente sentada en mesitas de café. Primero entra Vladislav Ulasevich, el baterista que guarda una extraña semblanza con un poeta autóctono. Después, casi coordinados, pasan Eugene Abdiukhanov y Roman Ibramkhalilov. Eugene entra con el pelo suelto, como si hubiese salido de un sauna hace poco; Roman, en cambio, aparece con la misma cara estoica que va a mantener a lo largo de todo el recital. Por último entra el miembro de la banda del que todos sabemos el nombre de pila: Tatiana Schmailyuk, la cantante que nos ha dejado a todos de cara cuando la escuchamos hace tiempo.

Vuelvo en el tiempo, antes de que arranque esa noche de Jinjer, y estoy de vuelta en el Sótano en Rosario, más pendejo, tomando birra mientras se armaba una olla de pogo para una banda de Grindcore de nombre Inhuman. Me acuerdo que me impresionó el primer pogo que vi en mi vida, pero más me impresionaban los músicos: el que cantaba en gutural era el baterista, y se mantuvo en un nivel de energía impresionante todo el set que armaron. Esa constante, la de mantener un nivel altísimo en performance y en sentirse (por decirlo de alguna manera) genuinos en el acto es lo que ha acompañado a toda banda de heavy metal que haya visto jamás, y es la vara bien alta con la que siempre mido cualquier lugar al que voy.

 

Los ucranianos (ahora sí) no se quedan para nada atrás. El público está un poco más tranquilo de lo que podría parecer para una banda que tiene las raíces en el metalcore, pero las ollas de pogo se arman igual, a pesar de que tanto Tatiana como Eugene van a hacer el gesto agitando a la masa varias veces a lo largo de la noche. A medida que pasa el tiempo, los temas y la cantidad de violencia implícita en los reventones sónicos que nos atraviesan a todos el pecho, algunas cosas se van dejando entrever de esa banda animalesca que es Jinjer, y quiero poder contarlas desde el lugar que me tocó vivirlas.

 

Primero, Jinjer es una banda que tiene MUCHOS escenarios encima, y uno se percata de eso no sólo por la fluidez que hay entre los cuatro miembros que la conforman, sino por cómo se paran en el escenario y enfrentan al público. Los tres muchachos parecen más ocupados en ejecutar la pieza bien que en relacionarse con las personas que tienen delante, aunque para ser totalmente sinceros, es entendible y hasta esperable de personas que vienen tocando día tras día una setlist que debe variar mínimamente. La frontwoman, por el otro lado, escapa un poco a ese molde donde los otros parecen estar; quiero suponer que esto sucede porque tiene que mirar a la gente a los ojos, sí o sí, o porque también debe aburrirse de pararse siempre de la misma forma, moverse en lugares iguales y tal.

 

No obstante, una de las cosas que rescato de esto es que musicalmente hablando son impecables. No hay nota fuera de lugar ni exclusividad en la forma en la que se presentan, y eso en una banda donde los intérpretes están exigidos todo el tiempo (por el formato que eligen, por los requerimientos que ellos mismos ponen, digamos) es sumamente valioso. Vamos a hacer la disección correspondiente: Vladislav trabaja en un colchón percusivo tan asertivo que es imposible no notar su presencia, ya que dialoga de igual manera con los otros tres miembros de la banda. Eugene y Roman, por su lado, trabajan desde un armado técnico hermoso, tanto así que el bajo furioso de Eugene como la guitarra violenta de Roman ayudan a generar ese ambiente donde la música te puede pasar por encima o vos podés elegir montarla como una ola. Y ahí, montándolo con todos y todas está Tatiana, que te larga en crudo todas las letras en inglés que te puedas imaginar, pero que principalmente expresan un sentimiento de la forma más sincera que pueden encontrar en esa voz.

Y es que Jinjer funciona de una forma tan armónica porque son una máquina aceitada de predisponer a su público de un determinado humor; generan lo que toda música nos genera, en mayor o menor medida: catarsis. Jinjer nos saca para afuera, querramos o no, las emociones que todos tenemos ardiendo en el pecho. Y lo mejor es que, en vez de encajonarse en un solo lugar desde el que hablar, ellos varían.

 

Estructuralmente, Jinjer vale muchísimo la pena por sus puentes. Si hay una definición para rescatar y enaltecer por encima de las otras, compositivamente, son los puentes. Cualquier tema de ellos que puedan tomar tiene una estructura específica base desde la cual empiezan a construir un tempo y una armonía que predispone a la emoción. Y luego, en un bamboleo pendulante, hacen que esa estructura pase de algo que podemos prever (inclusive entre sus pases más progs) a un resultado inesperadamente bello. Con la demoledora potencia de quien tiene que gritar algo o revienta, Jinjer no nos grita una emoción: nos cuenta historias. Sus canciones tienen principio, nudo y desenlace. No hay canción de ellos que termine como empieza, y así han explotado las prácticamente infinitas combinaciones que pueden hacer entre los igualmente pletóricos subgéneros que tiene el heavy metal. Desde los compases más progresivos, pasando por estilos que mechan el Nu Metal, el Doom, el Death, el Reggae o el Grindcore, Jinjer nos saca de paseo y no vamos a volver a ser los mismos después de un recital de ellos.

 

Tengo otro flashback cuando el recital está por terminar: estoy de vuelta en el Sótano, y las bandas terminaron. Suena Rammstein de fondo y seguimos tomando birra con amigos, pero no quiero eso; quiero seguir escuchándolos. Me siento increíblemente vivo, con la emoción vomitada sobre la cara y las tripas en la mano, listo para que ese empujón catártico siga. Necesito (necesitamos, creo) gritar esto que nos mostraron los chicos en el escenario en otros lados, en otros lugares. Flashforward acá y Jinjer vuelve a hacer un bis simple: una sola canción. Cronometro una hora cinco minutos de recital, incluyendo el bis y todo: han cagado a pedos a un fumador por no dejar de largar humo todo el recital, y eso fue lo más parecido a una interacción con el público que puede tener una banda que, estimo, no habla una sola palabra en español. Obviamente, el público cordobés no deja de demostrarles su cariño a pesar de la barrera idiomática, estrechando manos, tirando remeras y un largo etcétera que se puede resumir en eso: cariño y admiración.

 

Subimos a la barra con mi compañero: la promo que se nos pasó por alto decía que había 2x1 de birra una vez terminara el recital. Lo único que extraño ahora en comparación con esa noche en el Sótano es salir a la vereda a fumarme un pucho, cosa que no hago desde hace años. Pero lo que me llevo y reafirma mi asistencia a este tipo de recitales se puede resumir en una sola palabra: sinceridad. Creo que hay pocos artistas más sinceros que los que forman parte de esta escena, ya que tanto el género madre en sí como todas sus alternativas brindan no solo la posibilidad, sino la necesidad de que te expreses. Así, como lo sentís, sin censura ni rebajando el mensaje con soda.

Jinjer demuestra, creo yo, que se puede jugar un montón con las estructuras, hacer coincidir majestuosamente géneros que pocas veces se hablan entre sí en un mismo tema y no por eso dejar la sinceridad de lado. El costado prog, que creo es la raíz desde la que se debe montar todo el resto (junto con esos cimientos del core más sólido), permite alternativas y desvíos que brotan y enriquecen a la polenta que transmiten y trasladan en vivo. Saben que son un rayo, vivo y poderoso, y encuentran en su público el conductor ideal para descargar toda la polenta que cargan.

 

La calle está terriblemente silenciosa, cuando salimos, y sé que acabo de cargar las pilas para poder escribir un montón a raíz de esa noche. Jinjer va a estar tocando en Bahía Blanca y Buenos Aires las noches siguientes, y no les envidio el itinerario agitado: sí les agradezco, gigantescamente, que nos hayan estrellado tanta pasión junta en la jeta a los que estuvimos ahí.

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