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Por Luis Parodi

PH: Fer Bazán

Por el espacio de unas horas en la noche del pasado sábado, las cómodas butacas del coqueto auditorio del no menos atrayente Centro Cultural Alta Córdoba se vieron traslocadas. Seguían siendo butacas, sí. Pero no ya de un casi escondido recinto de un barrio tradicional de la ciudad, sino butacas de un transbordador que llevaba a todos sus ocupantes en un viaje sin un destino cierto. Pero que, como sucede con tantos otros viajes, no era el destino lo importante, sino justamente disfrutar del trayecto.

 

Temprano, como corresponde a una noche de veda pre-eleccionaria (en realidad, no sabemos si corresponde o no, pero es lo que las leyes disponen), nos acomodamos en el recinto luego de saludar a las caras conocidas que pudimos divisar en la oscuridad. No pasaron muchos segundos hasta que el popular Machuca se hiciera corpóreo en el escenario para oficiar de maestro de ceremonias y, poema mediante, presentara a la primera de las bandas voladoras de la noche: Mamut.

De Viaje:

Festival Insurrección Vol.5

La vez anterior que presencié un show de los Mamut, eran un trío instrumental de guitarra, batería y teclados. Desde ese tiempo, hubo una modificación sustancial que cambió no el espíritu pero sí el carácter de su música. Salieron las teclas e ingresó un bajo punzante, bien al frente. El trío ganó contundencia y rispidez en su sonido, sin perder su componente cuasi onírico, que apunta bien alto hacia las estrellas, pese a que la banda tenga un nombre tan terrenal. Como si le hubieran puesto nuevas y sólidas ruedas a su vehículo de exploración lunar, que le permiten tener más alcance y llegar a paisajes previamente insospechados. Luego de los agradecimientos del caso a todos los que hicieron y hacen que esto sea posible (algo que se repitió en todas las bandas de la noche), se nos vino encima el primer intervalo.

 

Quizás para que la magia siguiera en suspensión, para que al volver hubiera otra banda que nos sorprendiera... o tal vez simplemente para fumar un pucho o comprar algunas latas de cerveza en la clandestinidad, la cuestión es que el auditorio fue vaciado rápidamente de sus ocupantes, que se dispersaron entre las inmediaciones. Inmediaciones que incluían el stand que exhibía la turbulencia visual del arte de Matías Manz dentro de las vidriadas instalaciones del Centro Cultural, el siempre oportuno buffet, o simplemente apiñándose en la vereda a la espera de la siguiente banda.

Los sonidos provenientes desde el auditorio nos convocaron nuevamente. El combo chileno-argentino Dinosaurio ya estaba dispuesto sobre el escenario, haciendo lo suyo. Y lo suyo era, nuevamente, sacarnos de paseo por las constelaciones sin movernos de nuestras butacas. Con una formación que pese a tener pasajes vocales vuelve a evitar la figura de un frontman -ya que se trata de una tarea compartida- y compuesta instrumentalmente por guitarrista, bajista, batero y un integrante más que alternó velozmente entre guitarra y saxo. Canciones largas, pasajes cósmicos, cambios de ritmos y de tonalidades, momentos de lucimiento de cada instrumentista, a veces simultáneos, componen la propuesta musical de los Dinosaurio. Al punto tal que llegaron a implorar “ojalá tengan paciencia” antes de ejecutar los últimos dos temas, que prometen figurarán en su nueva grabación. Dos piezas ejecutadas con fina precisión que nos hicieron perder la percepción del tiempo, y que nos dejaron con las bocas y los ojos (y sobre todo, los oídos) abiertos mientras, con la misma tranquilidad con la que nos demolieron las neuronas, dejaban el escenario.

 

Nuevo impasse, nueva búsqueda de oxígeno en las inmediaciones, nuevo paréntesis en la música, para que sea ella misma la que nos vuelve a llamar al momento en el cual Octopus comenzaba a construir sobre el escenario. Volviendo al auditorio, noto otro efecto colateral de los intervalos: el hecho de poder salir y volver a entrar libremente al recinto permite la reubicación de las personas que llenaron la sala para la ocasión, como quien redistribuye piezas en un tablero. Así, las diferentes propuestas se pueden apreciar desde distintos ángulos, contribuyendo de esa forma a enriquecer la ya de por sí suculenta andanada musical que se nos ofrecía.

Con la actuación de los Octopus le llegó la reivindicación a la formación clásica de banda de rock, y con ello a lo que suele ser su figura principal: el frontman. La banda de Argüello, que lleva más de 20 años recorriendo los polvorientos caminos del rock en la provincia, se sumó a la propuesta del FREMAC y quizás esto sirva de muestra de la amplitud de este frente en el que no hay limitaciones estilísticas, ni de antigüedad, ni de nada. Yendo concretamente a lo musical, el sonido de Octopus bebe de las fuentes del grunge (sabemos que el término es muy amplio y se lo ha usado para muchas cosas, así que vamos a aclarar: el grunge más oscuro y cercano al hard, y no tanto al punk), dejándose manchar también por las terrosas pinceladas del stoner. Edifican sobre una sucesión de ajustados riffs la base desde donde su cantante se arroja hasta dejar su voz al desnudo. No en vano, cerraron su set con una canción que se llama La Pared que Armaste: nos dio la sensación casi física de darnos de lleno contra un muro de hormigón, sólo que en vez de sabor a sangre, lo que nos quedó fue una reminiscencia de Jesus Christ Pose de los siempre presentes Soundgarden. Agradecimientos, promesa de nuevo EP pronto y nuevo respiro en el exterior, sabiendo que muy pronto volveríamos a sumergirnos en las turbulentas aguas de la música.

Sólo que en lugar de agua, cuando volvimos a acomodarnos en las butacas nos encontramos con los cálidos vientos desérticos que surgieron de los sonidos impulsados por IAH. Trío al cual me tocó presenciar por primera vez después de haber escuchado su música a través de plataformas digitales. Pues bien, permítanme decirles: el viaje es aún mucho mayor cuando se los tiene en frente, al punto de llegar a agradecer que fueran sólo tres, a riesgo de perder la cordura por completo si tuviese otro instrumentista más que (ad)mirar. El impecable sonido del que pudimos disfrutar durante la noche ciertamente colaboró a que los IAH desaten sobre el escenario toda su paleta cromática (compuesta, eso sí, por mayoría de colores oscuros), nos lleven, nos traigan, nos tengan en el filo del asiento con un pasaje arpegiado para después explotar con un estruendo controlado a pura distorsión. Imaginé, en esos momentos, que eso sería la representación sonora de un Zonda espacial viajando a toda velocidad por una superficie áspera, escabrosa pero no por ello menos cautivante. Pero eso sí, mirando siempre a las estrellas, o mejor dicho, a lo que se oculta más allá. Detrás de ellas.

 

Después de tanta exploración sonora, la nave llegó a su destino, el mismo lugar desde donde había partido. Sus ocupantes, sin embargo, no se irían de la misma forma en la que llegaron. Nos aventuramos nuevamente a las ahora frías calles del barrio, celebrando el hecho de que espacios como este Centro Cultural puedan abrirse no sólo a la propuesta del Frente y sus bandas, sino también a que el público encuentre en ellos una alternativa válida. Reforzamos el abrigo para la caminata excepto por una parte del cuerpo: nuestros oídos tardarían bastante más en enfriarse.

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