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CULTURA INDEPENDIENTE

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Una vez más estoy acá, sentado detrás de este teclado, mirando la pantalla y evocando las imágenes y sonidos de una nueva edición del Festival Insurrección que lleva adelante el Frente de Músicos Autoconvocados de Córdoba. Sinceramente, espero que este déjà vu se repita muchas, infinitas veces más.

No importó el frío, no importó el estar en la antesala de un cementerio (incluso, puede que eso haya servido como incentivo). No importó que, por suerte, el sábado cordobés tuviera una amplia oferta de eventos culturales. Allí nos congregamos. Bandas, solistas, organizadores y público. A celebrar, una vez más, no sólo la independencia y la autogestión, sino también la ocupación de los espacios públicos. Esos que los vecinos y vecinas han ido dejando de lado con el correr de los años y el aumento de los entretenimientos que nos fuerzan a no salir del hogar. Por suerte, no es precisamente el caso de la plaza que nos recibió para el séptimo Insurrección: está impecablemente mantenida gracias al esfuerzo de los vecinos de Alberdi y Villa Páez. Y ahora, gracias al esfuerzo del FREMAC, se viste de música.

El turno de abrir la jornada fue para Batrasonick y su banda. Mientras los últimos y tímidos rayos del sol todavía alumbraban el cielo, salieron a poner en juego su repertorio altamente cancionero, agregando una manta de teclas a la clásica base de batería, bajo, guitarra líder y guitarra rítmica. Un artista del cual se esperaba hacía tiempo su participación, y que no defraudó a quienes ya estábamos allí.

 

Ya había caído la noche y los vientos del otoño avanzado se hacían sentir cuando Sin Yo tomó el centro de la escena. Con su multifacética guitarra acústica liderando el camino, a veces transformada por el ondoneo del flanger, a veces potenciada por el ardor del fuzz, su voz dulce y por momentos susurrada daba la impresión de derretirse sobre el micrófono. Y, a través del aire, llegar como una miel sonora a nuestros atentos oídos.

Mientras se consumían las latas y veíamos pasar las botellas de Balbo (no, el ex-delantero no) y tras un brevísimo tiempo de preparación, llegó el punk rock a la plaza. Los Pinipunks, trío de larga andadura por los tablados de la provincia, empezó a desplegar su imaginería repleta de zombies y vampiros, combinada con otras letras de cosas lamentablemente tan reales como políticos ladrones. La fiel estampa ramonera no sólo quedó patente en el sonido y las composiciones de la banda, sino en uno de los puntos altos de la noche como fue el cover de The KKK Took My Baby Away, acertada y convenientemente rebautizada como La Triple A Se Llevó a Mi Mujer.

 

Nuevo y pequeño intervalo antes de que nuevamente un solista se apodere de la atención de los y las presentes. Willy Ferreyra, munido de las bases pregrabadas que disparaba con su diestra, pero sobre todo de su guitarra y su voz, nos llevó de paseo por su repertorio. Un repertorio influido -a mi modesto entender- por distintas etapas del rock nacional: desde aquellas fundacionales hasta esas otras marcadas a fuego por la presencia de grandes solistas. Nos dejó la cabeza tan llena de melodías como la suya de rulos, que no sabíamos si asociar primero a Spinetta, Fito Páez o a Cerati. Si nos remitimos a sus canciones, quizás a todos ellos.

El cierre llegó como un trueno de la mano de Soma. Tal como la droga de Un Mundo Feliz de la cual probablemente tomen prestado su nombre, nos otorgaron un bienestar casi inmediato. Sus atronadores acordes, sus largos y ajustados pasajes instrumentales y la furia impulsada desde su batería conformaron la receta de un Stoner al cual el tener como telón de fondo el portal de entrada de un cementerio le cayó como anillo al dedo. Tal fue el hipnotismo que sus canciones generaron, tantas fueron las ganas de seguirlos escuchando, que el público pidió más. Y la banda tocó una canción más. Y otra. Y creo que otra más también. Un cierre a pura pirotecnia, sin haber prendido un solo cuete (de los que explotan, claro está, de los otros hubo varios).

 

Una nueva batalla librada, y ganada, contra la auto esclavización del músico. Un nuevo territorio conquistado en la ciudad. Un nuevo acercamiento para que la gente vea que sí, que somos rockeros. Pero no mordemos. Eso sí, nos plantamos y bien fuerte si nos quieren hacer pagar por tocar.

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