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…la época en la que pasaba tardes teñidas de sepia tuvo que ver con la actividad extra curricular de dos de los años de mi infancia. Mis padres no quisieron mandarme a tomar clases de danza con la única profesora del pueblo que había en aquel entonces, porque al parecer muchas de sus alumnas adolescentes terminaban con algunos “problemas”, que se dieron a conocer y se popularizaron con el término de bulimia y anorexia en esa mítica década de los 90. Así que decidieron, luego de alguna charla en la que habré accedido a tal propuesta, que lo ideal sería ir a aprender piano.

 

El lugar que les resultó más apropiado estaba teñido de sepia en su totalidad. Todo era remoto ahí, desde la vereda hasta la entrada a la casa obligaba a recorrer un pasillo muy largo y angosto, a veces dejaba mi bicicleta en él donde le hice el primer rayón y eso provocó que estuviera toda la clase de solfeo de los jueves con mucha angustia.

La sala donde pasaba la hora estaba ubicada de un modo extraño, justo en el medio de dos casas unidas, a eso lo entendí de grande, pensaba que era una casa laberíntica, pero no. De un lado de esa habitación comenzaba una casa para el fondo del terreno donde vivían los padres del profesor y del otro lado empezaba otra pero para el lado del frente, donde vivía la abuela, una señora mayor, con poca audición, y con un caminar muy lento y arrastrado, supongo que el motivo de esta disposición era vivir todos juntos, algunas tardes pasaba detrás de mí esa señora y demoraba un ratito, pero mi ansiedad me hacía sentir q eran segundos muy extenso, me daban ganas de girar en el banquito y charlar un rato con ella. Todo era muy medido en ese mundo y no me daba lugar para hacerme amiga de ella. Quería moverme, era lo que más deseaba, como lo hacia el perro del patio que también compartían, saltaba tan alto que podía verlo completo por la pequeña ventana, sus patas eran cortas y los dos queríamos salir corriendo de ahí, a mi la sangre me hervía por meterle sabor a mi niñez; hablando de eso, el profesor muchas veces hacía referencia a su destemplamiento, y la verdad se le notaba mucho, era pálido y siempre estaba vestido en la gama de los marrones, recuerdo que se iba cambiando las dos o tres bufandas que tenía, las usaba colgando, no las enrollaba en su cuello porque seguramente sentía que así tenía más estilo.

 

Que ganas de contarle y preguntarle cosas, sobre todo cuando este señor se mordía la parte superior de su mano, miraba fijo un punto y ahí se quedaba unos minutos pensando, sin notar que yo estaba patitiesa con mis ojos revoleantes esperando que él volviera en sí y dijera siempre pero siempre lo mismo “así es la cosa Doña” y yo asentía con la cabeza para dejarlo tranquilo y hacerle sentir que todo estaba bien, aunque hubiera cortado mis juegos de las tardes con mis amigas del barrio, en ese momento lo estaba perdonando. Qué cosas pasaban por su pensamiento nunca lo supe, pero seguro eran en cámara lenta, no sé si turbulentas o con deseos de éxito, y yo siempre con la duda de donde viviría él…

 

 

 

 

 

ROCÍO SANZ

SU MUNDO SEPIA

Por ROCÍO SANZ

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