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Cómo me encantan las películas con pocos actores y locaciones, vieja. Hacen que ese viejo principio que reza que no existen malas ideas, sólo pobre ejecución parezca tangible. Y es que si hay una crítica unívoca al cine que estamos acostumbrados a ver es que puede asemejarse demasiado a espejitos de colores en vez de que haya algo de contenido con peso por detrás. Bueno, ya saben lo que dicen de los tipos con autos grandes y la ley de las compensaciones, ¿no?

 

Hablando de compensaciones: en la era donde los trailers son resúmenes de la trama de la película (más que sinopsis), el de Colossal va por el lado neta y obviamente marketinero. Lo venden como una comedia romántica del montón cuando en realidad no existe la salida de emergencia o el botón rojo que es el amor comprometido, blanco y heterosexual que salva el día. Lejos de eso, Colossal es una historia de gente ebria que se manda cagadas en una sucesión digna del mejor pato. Y ojo, digo ebria, no alcoholizada: hay mucha gente borracha de cosas que no son alcohol en este largometraje.

Vamos por partes: la protagonista vuelve al departamento del hipster de su novio con una resaca galopante, el novio la echa de su casa porque no se la quiere fumar más, a ella y a todo el mambo resacoso-culpa-relación. Así arranca la película. La muchacha (Gloria) se va a vivir a la casa de unos padres que no vamos a ver nunca. La casa, vacía y en un pueblo perdido en la concha de la lora, es el lugar donde se estrella continuamente en un ciclo de resacas amnésicas que hacen de esta parte de la película un estadío de ensueño constante. Ella se encuentra con un amigo de la infancia que no veía hacía años y conoce a los locales. El amigo heredó el bar de los padres (uno jodidamente grande para un pueblo aparentemente pequeño) y le ofrece laburo, ella acepta y en el medio de tratar de dormir un poco, recordar qué fue lo que conversó anoche en el medio del alcohol y abarajar los pedazos de la relación con su novio que se desintegran, pasa.

 

Un monstruo gigante, un Kaiju, ataca Seoul. Y ella nota la conexión, después de verlo varias veces, entre los movimientos del monstruo y los de ella. Entre el comportamiento de ambos hay una relación estrecha, y responsabilizarse por eso hace que Gloria comience a establecer términos con los otros personajes que la rodean. La relación con un novio hipotético queda orbitando la trama principal, que es el tener acceso al control de un monstruo gigante que puede o no destruir una metrópolis en la otra punta del planeta. Y, con ello, comenzar a tomar un poco las riendas de la relación consigo misma más que con los demás.

 

No puedo continuar sin levantar la alfombra y mostrar todo el resto de la trama, pero sí puedo mencionar que Colossal es una película extraña que recurre mucho al recurso de los niños o la infancia como ancla al resto de las cosas que se suceden en la vida de los personajes principales. Además de lidiar con sus fantasmas personales, una Gloria empoderada tiene que hacer frente a circunstancias que, de otra forma y en otro contexto, le pasarían por encima. Volver a ganar terreno sobre el abandono que se pone encima como un abrigo al principio de la película es sólo el primero de varios momentos en donde el personaje sale de una actitud pasiva y simplona a saberse protagonista de su propia historia.

 

Colossal es una espiral ascendente/descendente que alterna, por momentos, recursos de la literatura fantástica a lo Cortázar, Bradbury o King, con gags con buen timing, o necesarias escalas al baño del guión. La evitaría si se prefieren las narrativas netamente lineales y lógicas de manual, o si esperamos un tempo interno acelerado. Acá se trata de ver los monstruos a través de la cantidad importante de diálogos y gestos simbólicos que aportan los personajes. Darle espacio a los que necesiten abrevar de esos momentos sin palabras que suceden a la madrugada, la resaca, el fin de una relación, la necesidad de un abrazo y el comienzo de un nuevo período en la vida de cualquiera de estos personajes. Para muestras, basta un botón: habiendo pasado una resaca amnésica y llena de boludeces en el medio, ¿Quién sos para juzgar el accionar ebrio? O, mejor aún, ¿Podés darle una mano al que está en la zanja durmiendo la siesta? ¿Te importa? ¿Qué pasa cuando ese otro se mete con vos y con todo lo que está bien?

 

Si de algo se trata esta película, es de tomar decisiones al respecto de los quilombos de los que sos autor y de los que te pasan por al lado. La pasividad no es una opción. O, como diría una banda rosarina, vayas a donde vayas la lluvia te va alcanzar, tenés que hacerte amigo de esta tormenta.

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